Juego de Máscaras

Alzó su copa equilibrando su delgado cuerpo oblicuo. Aquellos tacos ajenos y los vapores del elixir parecían jugarle una mala pasada. Sonrió por todo lo ancho. Su cara no se lo permitía más. Se acercó tambaleante, como una metáfora de su vida toda, a celebrar su presencia. Lo vio tan distinto que lo amó al instante.

Las causalidades la habían llevado a participar de aquello que le parecía un baile de máscaras, donde lo aparente pisoteaba a lo real con desparpajo. Pero él le hizo sentir que podía tirar el mascarón de su barco y navegar de su mano hacia aguas más profundas. Ella lo invitó a compartir su inconmensurable silencio. Y él aceptó, pensando que bastaba con llenarlo de palabras para saciarla.


La distancia los retroalimentó con la intensidad de las cosas que queman. Se sintieron como un incendio forestal imposible de controlar. La cercanía, sin embargo, tuvo el efecto de un bálsamo acuático. Hubo llama pero no fuego descontrolado. Ella se quedó esperando sus miradas, sus abrazos, sus historias; mientras, el volteaba a su lado, en la cama, buscando razones para entender lo que pasaba.


Pronto, ella se empezó a dar cuenta que sus besos ya no la dejaban agitada y en puntas de pie como las primeras veces. Y se sintió morir un poco. Una vez más. Creía que había comenzado a florecer pero el espejo insistía en mostrarle lo marchita que estaba. Ese ser que sentía tan parecido, se transformaba paso a paso en algo ajeno e inalcanzable. A pesar de intentarlo, tuvo que decidirse a abandonar aquel dolor por esa puta certeza de que no era posible.


Ausente, perdido en sus devaneos y tribulaciones, él la percibió recién cuando escuchó el crujido de hojas secas y se dio cuenta que su naturaleza estaba muerta. Desesperado, intentó juntar los pedazos desparramados a sus pies, pero faltaban piezas. Quiso detener el tiempo y girar en reversa la gran rueda, pero solo logró quedar atrapado en su propia trampa egocéntrica.


Ella ahora se peina frente a otro espejo. Su largo cabello negro sigue terminando donde empiezan los suspiros. Suele estar enredado. Pero la vida le ha dado la sapiencia para desenrollar la madeja una y otra vez. Una máscara facial cubre su rostro. Lo nutre, lo deja terso y suave. Se mira al espejo y sonríe por todo lo ancho. Su cara no se lo permite más. Descubre que no todas las máscaras son para despreciar. No solo están las que ocultan sino también las que permiten reinventarse.

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Periodista, 38 años, espíritu libre, explorador incansable, viajero compulsivo. No sabe cómo vivir la vida sin pasión. La música lo atraviesa a través de su vida pero es, paradojicamente, su deuda existencial. Está empezando a saldarla. Ser complejo e intrigante, solo lo conocen profundamente quienes se atrevieron a amarlo sin condiciones. De todas las experiencias de su vida saca algo positivo. Este blog da testimonio de ello. Están invitados a explorar las profundidades de su ser.

¿Sos un Correveidile?

Según el diccionario de la Real Academia Española consultado gracias a los santos evangelios de Google, el Correveidile es una persona que lleva y trae cuentos y chismes. La palabra surge de la frase "corre, ve y dile".


Muchas veces ninguneados y acusados injustamente de alcahuetes, han sido fundamentales para ponerle un poco de pimienta a nuestras vidas.


En definitiva, el Correveidile no es más que un mensajero interesado en que se sepa lo que pasa. Ese es mi compromiso con ustedes, manga de buchones!!! Espero no defraudarlos.

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